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viernes, noviembre 09, 2007

Diego Salvador Rodríguez Castañeda: Jorge Cuesta



EL MÁS TRISTE DE LOS ALQUIMISTAS


En Cuesta, hasta la locura era inteligencia...
Octavio Paz.


La cita de Paz, me parece más que legítima para dar inicio a los renglones de esta página tributo a un poeta que empieza a salir, poco a poco, gracias a estudios exhaustivos de su vida y de su obra, de "la penumbra del olvido". Jorge Mateo Cuesta Porte Petit, nació en Córdoba, Veracruz, el 21 de septiembre de 1903. Su niñez, precoz y solitaria, de pocos juegos, transcurrió tranquila con excepción del accidente acontecido al año de nacer cuando, de los brazos de la niñera, el pequeño cayó golpeándose en una parte muy cercana al ojo izquierdo contra el filo de una mesa. Tiempo después, cuando Jorge contaba nueve años, fue intervenido quirúrgicamente para dar solución a la secuela que aquel descuido había dejado en él: un constante lagrimeo. Es esta la razón por la que en las fotos aparece con el párpado a medio cerrar.


Atraído por las matemáticas, la física, la música y la química, después de concluir sus estudios correspondientes a la preparatoria, se muda a la ciudad de México en 1921 y, al llegar, escribe a sus padres en espera de la autorización para ingresar al Conservatorio Nacional y hacer realidad uno de sus sueños: ser violinista. Finalmente, deja de lado esta idea e ingresa a la Facultad de Ciencias Químicas, concluyendo su carrera profesional cuatro años más tarde -aunque nunca llegaría a presentar la tesis, motivo por el cual no se título-.


Sin embargo, esto no le impediría ejercer plenamente la pasión por la ciencia en varias instituciones. En el año de 1924, al lado de Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz De Montellano, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, formaría parte del "grupo sin grupo" o el "archipiélago de soledades" -como dijera Villaurrutia-: Los Contemporáneos. Como miembro del mismo, acepta prologar la Antología de la poesía mexicana moderna, publicada en 1928; por lo que, las críticas hechas a ésta, recayeron, a la vez, sobre él. No escatimando, jamás, en hacer frente al abanico desplegado de las acusaciones realizadas por sus mayores detractores, es decir, a las emprendidas por los escritores "nacionalistas" y los estridentistas -corriente de la cual formaban parte Manuel Maples Arce y Salvador Gallardo Dávalos entre otros- que los tachaban de cosmopolitas, sin mencionar los muchos adjetivos de que eran objeto; redacta una carta desde París, donde se encontraba entonces -estancia que duró tan sólo dos meses-, al director de Revista de Revistas, Manuel Horta, exponiéndole las razones por las cuáles figuraban incluidos, poetas que a él, le parecían "destestables", tales como Amado Nervo y Rafael López, mientras que, Manuel Gutiérrez Nájera, igualmente aborrecido, no figuraba dentro de ella. El argumento de sólidos andamios que utiliza para defender la postura que adoptó al atender a la selección, se sintetiza en las inteligentes líneas de esa carta y, para quienes son observadores y posean el libro, en el prólogo mismo que escribió. Ese año, al llegar de Europa, contrae nupcias con Lupe Marín, quién alguna vez fuera esposa de Diego Rivera. En 1930, trabaja para la Subsecretaría de Educación Pública. Con posterioridad, en 1932, ya desaparecida la revista Contemporáneos, editada por el grupo (para ser precisos, ocho meses después, en agosto), funda la más rigurosa y analítica de México: Exámen. Si en Ulises, aquellos jóvenes escritores encontraron la libertad del desparpajo, descubriendo otros caminos; en Contemporáneos, lograron poner al país a la vanguardia de los movimientos que se estaban gestando o haciendo en otras partes del mundo, como Francia, Alemania, Estados Unidos o España (recordemos que la mayoría de ellos sino es que todos, eran lectores de Revista de Occidente de Ortega y Gasset y de la Nouvelle Revue Francaise); pero en Exámen, cuyo director era el miembro más obstinado y batallador en cuanto a las cuestiones intelectuales se refería, se llevó a cabo una exposición metódica, donde, a diferencia de las otras dos, mencionadas líneas antes, la política, la crítica social y la filosofía, tenían cabida dentro de sus páginas, conjugándose con la literatura. Es éste un indicio del advenimiento de las revistas "modernas": Exámen, tuvo el honor de ser la primera. Lamentablemente, sólo tuvieron la oportunidad de ver la luz tres números. Maples Arce, inició una querella legal (con esas argucias leguleyas que todos conocemos), alegando que se estaban cometiendo atentados contra la moralidad de la sociedad en turno y que, tanto el director como ese maldiciente autor que publicaba cierta novela a entregas -al estilo de Payno con El fistol del diablo- debían ser consignados y procesados por la justicia (el autor del que hablo es Rubén Salazar Mallén y la "soez" novela, Cariátide). Luego de la trifulca que obligó a dar por terminada la revista, colabora en otras y escribe para algunos periódicos como "El Universal", y publica dos ensayos de corte político (1934): El plan contra Calles y Crítica de la reforma al artículo tecero. En 1938, entró como Jefe del Departamento de Laboratorio en una industria de azúcares y alcoholes –ya antes, a partir de 1932 y hasta 1937, había trabajado en la Sociedad de Productores de Alcohol-.


Allí, absorbido por sus inclinaciones científicas, llevaba a cabo experimentos con enzimas –de las que se dice, llegó a inyectarse para tales própositos- y hacía investigaciones con sustancias de diversa índole; a saber, entre tantas más, una impedía la maduración de los frutos y otra permitía, después de su ingestión, beber toda clase de alcoholes sin llegar a un estado de embriaguez. Es, precisamente, en este lapsus de su vida, en que principia su obsesión, buscando aquéllo que según los gnósticos había encontrado Paracelso: el elixir de la vida. Aunque el poeta, con sus invenciones de fómulas químicas, no tuvo la fortuna de hallarlo, si encontró este otro próscrito: la locura -parafraseando a Dryden, "la locura es sólo un placer que el loco conoce"-. Esta obsesión, aunada a otras angustias morales, lo llevaron a una serie de instituciones asilares; en la última, cometió suicidio el 13 de agosto de 1942, estando en la plenitud de su vida; pero ya no en la más vasta lucidez intelectual como para discernir lo verdadero de lo ficticio -aunque, debo decir, ¿quién dicta qué es lo racional? quizá la enajenación es la ventana, más que la ventana, la puerta a la verdadera razón, esa otra cara de la moneda que, nosotros, precisamente, por "cuerdos", no logramos evidenciar, permaneciendo una posible "realidad real" invisible a nuestros ojos-. Al quitarse la vida, contaba apenas con 38 años. En palabras de Villaurrutia, Jorge Cuesta fue "el más universalmente armado de los escritores del grupo, porque la filosofía, la ciencia, la estética, la crítica y la poesía, lo atraían con la misma fuerza".

ALGUNAS OBSERVACIONES EN TORNO A JORGE CUESTA.

La sonoridad de su poesía, de factura tan ascética y estéril, como el propio Cuesta, cunde en lo remoto, en lo inombrable que, apenas sí se dice, se disipa: la íntegra lucidez de buscarse entre los recodos más oscuros y subrepticios de la inteligencia por medio de la palabra; de los abismos del pensamiento, sin temor a precipitarse, jamás, de manera abrupta, demasiado a su fondo o, mejor dicho, a su vacío: el pensamiento, como el hombre, no tiene límites. Por eso mismo ha se serlo todo; por eso mismo ha de ser nada. Realidades que, si marchan contiguas de la mano, también se atraen y se repelen al mismo tiempo: al no mezclarse, siempre preservan su individualidad bien definida como las sustancias químicas heterógeneas. Empresa de tales resonancias, porsupuesto, no podía, ni puede ser jamás afán sino de una brillantez exacerbada, cuya última voluntad es ir al encuentro de sí misma, haciendo gala de los recursos que la lógica le presenta como últiles para alcanzar sus objetivos. Cuesta, por ello, a semejanza de las más modernas teorías de la física en boga, que buscan unificar la fuerza gravitatoria, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil, clamaba por hallar en los sinfines de la razón, aquellos puentes que lo ligaran a sus alter egos, a sus otros yo diseminados en los distintos campos de la erudición humana por los que concebía un gran entusiasmo; pero, a diferencia de Pessoa, que supo desdoblarse, sucederse en una segunda personalidad, la cual, a su vez, fue peldaño para llegar a otras tantas ambiguas y, más que eso, hallarse a través de ellas -multiplicidad destilada de lo que, a partir de Descartes, se cree, es prueba fidedigna del existir: el cogito-, el poeta mexicano, era el espectro de sí mismo. Ni siquiera se hallaba situado en el punto de donde partió el portúgues para edificar su obra. El motivo es simple: hasta el propio Cuesta, parecía estar llamado a ser solamente el eco de otra voz que hablaba por la suya: "su voz parecía nacer de los fantasmas del aire", considerando la descripción que Elías Nandino, aunque, como era de esperarse, artística, hizo de su persona. La producción de su obra poética, nunca reunida en forma de libro, contiene uno de los poemas más logrados y ambiciosos de nuestra literatura mexicana, aquél que lleva por título Canto a un dios mineral: treinta y siete estrofas de seis versos cada una escritas a la usanza de las silvas. Canto a dios mineral constituyó, a lo largo de toda su vida, su gran sueño y obsesión. Las últimas tres estrofas, redactadas de manera seguida, delante de los enfermeros cuando éstos fueron a recogerlo para llevarlo a la institución psiquiátrica, dan motivo a pensar que se trata de un poema llevado a su fin más que por la libertad de la pluma del poeta por el azar de las circunstancias: un texto inacabado que no pasó por la aduana del análisis implacable; ese análisis prográmatico que imperaba en su personalidad. No se pretende, aquí, realizar alguna clase de estudio sobre él: los hay en suma y muy buenos. Lo que sí hay que mencionar, es que la articulación de las palabras en que el fondo, la idea está sumida y viceversa, ha dado pauta a una consecusión de interpretaciones que sí bien pudieran no ser fieles, tampoco pueden ser inválidas: eterna oscilación; como el péndulo, de un extremo a otro, no está en ninguna parte, puesto que, al poema, ninguna cesura interpretativa lo aprehende, "nada lo afirma y nada lo desmiente"(1). A Cuesta, más que nada, le debemos en México, por vez primera, una verdadera conciencia crítica. Una conciencia crítica de la moral y de la política. Y eso es indubitable. Un grupo de reflexiones originales, dispersas en revistas y artículos de prensa bastan para comprobar su calidad como ensayista; no obstante que fue el menos publicado a comparación de sus compañeros de odíseas intelectuales. Cuesta podía trabajar en un par de textos durante un año -el mismo tiempo que a Torres Bodet le tomaba escribir tres libros y publicarlos-, debido a que su sentido de la perfección lo llevaba hasta esa frontera que desemboca en la esterilidad, en el silencio. Este sentido, se puede percibir a lo largo de todo su legado; pues supone, para los lectores, las más de las veces, un fino oído para lo que tiene que decir, como es el caso de las líneas de "En la sempiteromia samarkanda" y "Rema en un agua espesa y vaga el brazo", donde la palabra, trasmutada en tabique, se va apilando de tal forma que ya el poema lo terminamos por leer erigido en muro: realidad que se presenta antes nuestros ojos como impenetrable. Pese a esa virtud de engendrar concepciones abstractas, Cuesta no logró solidificar, organizar un verdadero sistema de pensamiento donde lo genuino de ellas, destellara con toda la intensidad luminosa de que era capaz su agudo razonamiento. Su vida, como su legado, es breve. Murió siendo joven. Inteligencia a la que, como a tantas, le faltó tiempo para madurar, y pereció en el don de una promesa…

(1) Verso de Jaime Torres Bodet.

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